Aún no sabía bien como había llegado a orillas de aquel lago, pero si de algo se sentía seguro, era de haber estado ahí antes. Recordaba el pequeño muelle donde un par de botes anclados esperaban ser usados por algunos pescadores aficionados, o más de alguna pareja que enamorada decide liberar sus sentimientos a la luz de la luna.
La noche estaba como muchas otras en aquel lugar: aguas en calma, cálida temperatura, y una noche iluminada por el brillo de la luna siendo coreada por una danza estelar espléndida. Del todo aún no creía estar ahí, ni mucho menos que ese día ya hubiera llegado, como si todo su alrededor le ofreciera una sinfonía al compás de las suaves olas meciendo los botes, del silbido sutil del viento acariciando las ramas de los árboles, y las criaturas que allí vivían, le entregaban a Akin aún más esperanzas de que la promesa hecha tiempo atrás se cumpliría. Ilusionado como un niño corrió en dirección a la cima de un monte desde el cual se podía ver todo el lugar. En esa cima, decía él, los sueños se harían realidad.
Cada paso lo llenaba de regocijo, porque sentía haber esperado tanto por ese momento, tanto que ya ni recordaba que fecha era, en ese momento no podía ver más allá del presente, de ese momento en que después de tanto tiempo, podría mirar nuevamente a Bishr, una muchacha dulce, alegre, sencilla e inmensamente bella; de piel blanca y suave, cabello oscuro que la hacían muy atractiva por su contraste, y esos ojos tan profundos y brillantes que el mismo cielo nocturno le podría envidiar.
Cuando llegó al lugar donde habían prometido reunirse y no ver ahí a tan anhelada mujer, sintió que el universo quebraba en llanto, no podía contener su pesar y sus piernas no resistieron dejándolo caer sobre sus rodillas. Sabía que eso podía pasar, pero realmente esperaba que no fuera ese el resultado, miró hacia el lago y más allá, buscando en el horizonte poder verla por lo menos reflejada en las estrellas, deseando que si la razón de no haber llegado era que ella ya lo había olvidado, por lo menos esperar que fuera completamente feliz como siempre la quiso ver. Su mirada se perdió en el horizonte cegando sus sentidos por esos pensamientos hacia ella, no permitiendo que escuchara suaves pasos que se acercaban a él, tan absorto estaba que no pudo distinguir nada hasta cuando los pasos ya estaban encima, y más aún, creía que su deseo de verla le estaba jugando una mala pasada. Pero al oír un susurro cerca de su oído diciéndole "estoy muy feliz que vinieras", su corazón y sus sentidos se volvieron locos provocando que de un salto se pusiera de pie y girara para ver lo que tanto había deseado.
Ambos se miraron y sus miradas se perdieron en los ojos opuestos, formando una sonrisa iluminada en sus rostros, al fin estaban juntos después de tanto tiempo. Un abrazo siguió a aquella sonrisa y las palabras comenzaron a sobrar, él si estaba ahí era porque había logrado vencer a cada uno de los demonios que se le revelaron, y ella por otro lado, había podido conseguir ver el crecimiento y los frutos de las semillas que con tanto esfuerzo se dedicó a sembrar. Ya no era necesario saber más, lo único que les importaba era que ambos se encontraban ahí, cara a cara, cuerpo a cuerpo, enfrentándose, buscándose, deseándose en el más puro sentimiento.
De los ojos de ella brotaron lágrimas tan brillantes como las mismas estrellas, lo cual él miró entendiendo que ya no era prisionera del hielo, él tampoco pudo contenerse al ver esto pues comprendía la lucha por la que tuvo que pasar para conseguir su libertad. Y lleno de alegría la abrazó, dejando salir lágrimas similares a las de ella. Aunque la abrazó para ocultarlas, ella sabía que eso era un buen augurio, símbolo de la victoria sobre los demonios y el resultado de aquellas batallas, él estaba ahí, junto a ella, que podía ser mejor?
Fue entonces cuando ese abrazo, invocación al mismo paraíso según ellos, abrió las puertas que guardaban todos los besos y caricias guardadas durante tanto tiempo. Las ropas de Bishr, cual flores se abren ante la presencia del sol, fueron abandonándola dejando su cuerpo cubierto por su hermoso y largo cabello, además de los brazos de su amado, él siguió el mismo camino quedando a la par con la mujer que había soñado por siglos, suavemente se dejaron caer sobre sus ropas como quien deja caer una pluma. Ya no se podía distinguir claramente donde comenzaba uno y terminaba el otro, sin hablar se decían todo lo necesario dejando que sus cuerpos y corazones hablaran por ellos. Sus pieles se plegaban al ritmo de cada movimiento, se recorrieron como si buscaran conocerse completamente, dejando brillar la luna en la alba piel de Bishr envuelta en la algo más oscura piel de Akin.
Ni la imaginación más prolífera podría haber imaginado lo que allí pasó, pero bañados por una brisa susurrante y con la luna y las estrellas de testigos, comenzaron a vivir de ese amor que se habían guardado.

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